De que hablo cuando hablo de Visión
En más de una ocasión, al encontrarme frente a un grupo de personas (miembros del equipo de producto, responsables de distintos departamentos de la empresa o, directamente, con el propio cliente), me ha ocurrido algo que me resulta curioso, e incluso chocante: la reacción que observo cada vez que empiezo a hablar de la Visión.
Lo que percibo cada vez que abro este melón es, por resumirlo en una sola palabra: desinterés. Algo así como: “Uff, venga, sí, pero vamos al lío”.
De verdad, no es algo que me haya pasado de forma puntual o con una audiencia muy concreta; lo he visto muchas veces y en contextos muy diversos, lo me ha llevado a hacer esta reflexión que comparto aquí.
Puede ser que nos hayamos acostumbrado a que todo este rollo de la Visión se haya convertido en un concepto etéreo y manido, que solo sirve para rellenar presentaciones dirigidas a socios e inversores, pero que está completamente disociado del día a día y de la realidad de la empresa. Para mí, la Visión del producto es tan importante como peligrosa. He pasado muchísimas horas pensando en ella, intentando encontrar la forma adecuada de redactarla: sintética, clara, inspiradora, que no se confunda con la Misión. Le he dado tantas vueltas al cómo que he acabado por perder la perspectiva del por qué. Y esto es lo que he aprendido al respecto.
La Visión no es nada más (ni nada menos) que la dirección que quiero seguir y que va a condicionar cualquier decisión que tome relacionada con el producto. Antes de tomar cualquier decisión (ya sea para la evolución del producto, el marketing, el equipo…), me pregunto: “¿Esto me va a ayudar a estar más cerca de donde quiero estar?”. Lo sé, parece una tontería, y es algo tan obvio que suena estúpido. Al fin y al cabo, todo lo que hacemos con nuestro producto teóricamente tiene un sentido, ¿no? Si no, ¿por qué lo hacemos?
Pues porque, de vez en cuando, llega el CEO de la empresa con una súper idea que va a cambiarlo todo —se lo ha dicho uno de nuestros inversores, que es un capo en la materia—; o porque uno de nuestros gestores de cuentas dice que tenemos que incluir tal funcionalidad, porque, si no, perderemos a uno de nuestros principales clientes; o porque el director de ventas asegura que, si añadimos tal cosa, conseguiremos firmar un contrato realmente importante para nuestro futuro.
Y así podría pasarme el día. ¿Te suena algo de todo esto? ¿Cómo decir que no? Todo suena lo suficientemente importante y urgente como para dejar lo que estamos haciendo y ponernos a ello de inmediato.
Esta es la realidad de una startup, y es con lo que debemos lidiar quienes nos dedicamos a producto. Son decisiones importantes que condicionarán el devenir del producto y, por extensión, de la compañía.
Aquí es donde realmente la Visión cobra importancia, y no en las presentaciones para inversores. Así que da igual cómo la redactes, da igual si has escrito una Misión en lugar de una Visión, da igual si no es lo suficientemente inspiradora —siento ser yo quien te lo diga—, pero a casi todo el mundo que tiene un rol importante en el producto le va a dar igual.
Lo verdaderamente importante para nosotros es que, al consultarla a la hora de tomar una decisión, nos ayude a decir: “No lo voy a hacer” o “Por supuesto, cuenta con ello”.
Y ahí es donde tenemos que centrarnos: ¿dónde vemos el producto en un futuro no demasiado lejano? ¿Qué problemas va a resolver? ¿A quiénes se los va a resolver? ¿Cómo lo va a conseguir?
De esta manera, cuando tenga que tomar una decisión de impacto en el producto, acudiré a mi Visión, evaluaré y decidiré en base a ella, y no en función de quién hace la petición o del ruido que la acompaña.
Gracias por leerme,
— José David Poveda

